El jóven gigantepágina 6 / 8
El consejo agradó al arrendatario y el criado se apresuró a bajar al pozo. En cuanto estuvo en el fondo, le arrojaron aquellas enormes piedras creyendo que le desharían la cabeza, pero él les gritaba desde abajo: El consejo agradó al arrendatario y el criado se apresuró a bajar al pozo. En cuanto estuvo en el fondo, le arrojaron aquellas enormes piedras creyendo que le desharían la cabeza, pero él les gritaba desde abajo: Echad las gallinas de ahí, arañan en la arena, y me cae en los ojos, me han cegado. El arrendatario hizo ¡spcha! ¡spcha! como si echara las gallinas. Cuando concluyó y subió el criado. Mira; le dijo, qué hermoso collar. Era la mayor de las piedras que tenía alrededor del cuello. El criado seguía exigiendo su salario, pero el arrendario le pidió otros quince días, decidido a reflexionarlo. Sus criados le aconsejaron enviase al joven a un molino encantado, para moler el grano durante la noche, pues nadie había salido vivo al día siguiente. Este consejo agradó al arrendatario, y en el mismo instante envió a su criado al molino a llevar ocho fanegas de trigo y molerlas durante la noche, porque estaban ya haciendo falta. El criado echó dos fanegas de trigo en su bolsillo derecho, dos en el izquierdo, se cargó cuatro en una alforja, dos por delante y dos por detrás, y marchó corriendo al molino. El molinero le dijo que podía muy bien moler de día y no de noche, pues todos los que se aventuraban a ello, habían aparecido muertos a la mañana siguiente. No moriré yo; idos a costar, y dormid sin cuidado. Y entrando en el molino empezó a moler el trigo como si no se tratase de nada. Hacia las once de la noche entró en el cuarto del molinero, y se sentó en un banco. Al cabo de un instante se abrió la puerta por sí misma y se vio entrar una mesa muy grande, en la que se colocaron por sí solos una multitud de platos y de botellas llenos de las cosas más exquisitas, sin que pareciera nadie para llevarlos. Los taburetes se colocaron también alrededor de la mesa, sin que se presentase nadie, pero el joven vio al fin dedos sin mano ni nada que iban y venían a los platos, y manejaban los tenedores y los cuchillos.
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