la-cabra-del-señor-seguin
¡Siempre serás el mismo, mi pobre Gringoire!
¡Pero cómo! Te ofrecen un puesto de cronista en un buen periódico de París, y tienes el aplomo de rechazarlo… Mírate, pobrecito! Mira tu jubón agujereado, tu calzado derrotado, tu cara flaca que grita ¡hambre! ¡Ahí es a dónde te ha llevado tu pasión por las rimas hermosas! Eso te han valido tus diez años de fieles servicios a las páginas del Sr Apollo… Pero es que no te da un poco de vergüenza?
¡Venga, hazte cronista, imbécil! ¡Hazte cronista! Ganarás tus buenos cuartos por la cara, tendrás tu propio cubierto en Brebant, y podrás hacerte ver en los días de estreno con una pluma nueva en tu chaqueta…
¿No? ¿No quieres?... Pretendes seguir libre, como decidas hasta el final… Pues, escucha un momento la historia de la cabra del sr. Seguín. Verás lo que se gana queriendo vivir libre.
El sr. Seguín nunca había tenido alegrías con sus cabras.
Las perdía todas del mismo modo: una buena mañana, rompían su cuerda, se iban a la montaña, y allá arriba el lobo se las comía. Ni las caricias de su dueño, ni el miedo al lobo, nada las retenía. Eran, al parecer, cabras independientes, que buscaban a toda costa el aire abierto y la libertad.
El bueno del Sr. Seguín, que no entendía nada del carácter de sus animales, estaba consternado. Se decía:
- Se acabó; las cabras se aburren en mi casa, no guardaré ni una.
Sin embargo, no se desanimó, y, después de haber perdido seis cabras de la misma manera, compró una séptima; aunque esta vez, tomó la precaución de cogerla jovencita, para que acostumbrarla a quedarse en su casa.
¡Ay!, Gringoire, ¡qué hermosa era la pqequeña cabra del Sr. Seguín! ¡Qué hermosa era con sus ojos dulces, su perilla de suboficial, sus pezuñas negras y brillantes, sus cuernos cebrados y sus largos pelos blancos que le hacían una hopalanda! Era casi tan encantadora como la cabrita de Esmeralda, ¿recuerdas, Gringoire? - Y, dócil, cariñosa, dejándose ordeñar sin moverse, sin poner su pie en la escudilla. Un amor de cabrita...
El Sr. Seguín tenía detrás de su casa un cercado rodeado de espinos blancos. Ahí es dónde puso a la nueva inquilina.
La ató a una estaca, en el lugar más bello del prado, cuidando de dejarle mucha cuerda, y de vez en cuando, venía para ver si estaba bien. La cabra se encontraba muy feliz y pacía la hierba de de tan buen grado que el Sr. Seguín estaba encantado.
- Por fin, pensaba el pobre hombre, he aquí una que no se aburrirá en mi casa!
El Sr. Seguín se equivocaba, su cabra se aburrió.
Un día, se dijo mirando la montaña:
- ¡Qué bien se debe estar arriba! Qué placer de brincar en el brezo, sin esta maldita cuerda qué le desgarraa una el cuello!... ¡ Está bien para el asno o para el buey lo de pacer en un cercado!... A las cabras, les hace falta espacio.
Desde ese momento, la hierba del cercado le pareció insípida. Le vino el aburrimiento. Adelgazó, su leche se hizo escasa. Daba lástima verla tirar cada día de su correa, la cabeza girada hacia el monte, con hocico abierto, haciendo ¡Meee! tristemente.
El Sr. Seguín se daba cuenta que a su cabra le pasaba algo, pero no sabía lo que era... Una mañana, terminando de ordeñarla, la cabra se volvió y le dijo en su jerga:
- Escuche, señor Seguín, languidezco en su casa, déjeme ir a la montaña.
- ¡Oh! ¡Dios mío!... ¡Tú también! gritó el Sr. Seguín estupefacto y de pronto dejó caer su escudilla; entonces, sentándose en la hierba al lado de su cabra:
- Cómo, Blanquette, quieres dejarme!
Y Blanquette respondió:
- Sí, señor Seguín.
- ¿Acaso te falta la hierba aquí?
- ¡Oh, no! señor Seguín.
- A lo mejor estás atada demasiado en corto. ¿Quieres que te alargue la cuerda?
- No es necesario, señor Seguín.
- ¿Entonces, qué te hace falta? ¿Qué es lo que quieres?
- Quiero ir a la montaña, señor Seguín.
- Pero, pobrecita, no sabes que está el lobo en la montaña... ¿Qué harás cuando venga?...
- Le daré cornadas, señor Seguín.
- Al lobo le traen sin cuidado tus cuernos. Me comió cabras con cuernos más grandes que los tuyos. Ya sabes, la pobre vieja Renaude que estaba aquí el año pasado? una señora cabra, fuerte y mala como un macho cabrío. Se peleó con el lobo toda la noche… y, por la mañana, el lobo se la comió.
- Vaya ¡Pobre Renaude!... No importa, señor Seguín, dejeme ir a la montaña.
- ¡Santo Dios! dijo el Sr. Seguín; ¿pero qué les hacen a mis cabras? Otra más que el lobo se me va a comer... Pues no… ¡Te salvaré a tu pesar, bribona! Y por miedo a rompas tu cuerda, voy a encerrarte en el establo y te quedarás allí siempre.
Con estas palabras, el Sr. Seguín llevó la cabra en un establo totalmente negro, y cerró la puerta con dos vueltas.
Desgraciadamente, había olvidado de cerrar la ventana y en cuanto se giró, la pequeña se fue... ¿Te ríes, Gringoire? Por Dios, eso creo; estás del lado de las cabras, tú, en contra del bueno del Sr Seguín… Ya veremos si te sigues riendo luego.
Cuando la cabra blanca llegó a la montaña, fue un encantamiento general. Jamás los viejos abetos habían visto cosa tan hermosa. Se la recibió com a una pequeña reina. Los castaños se bajaban hasta tierra para acariciarla con la punta de sus ramas. Las genistas se abrían a su paso y olían bien cuanto  podían. Toda la montaña la hizo un fiesta.
¡Imagínate, Gringoire, si nuestra cabra era feliz!
No más cuerda, no más estaca… nada que le impidiera brincar, pacer a su gusto...  Ahí sí que había hierba! ¡Hasta por encima de los cuernos, ¡y qué hierba! Sabrosa, fina, dentellada, hecha de mil plantas... Era algo bien distinto al césped del cercado. ¡Y las flores!... Grandes campánulas azules, digitales de púrpura con largos cálices, todo un bosque de flores salvajes que rebosaban de jugos embriagadores!
La cabra blanca, medio borracha, se revolcaba ahí dentro patas arriba y rodaba a lo largo de los taludes, mezclandose con las hojas caídas y las castañas... Luego, de repente se erguía de un brinco sobre sus patas. ¡Hop! otra vez en marcha, con la cabeza por delante, cruzando matorrales y zarzales, ora sobre un pico, ora en el fondo de un barranco, arriba, abajo, por todos lados… Parecía que había diez cabras de Sr. Seguín en la montaña.
Y es que no le temía a nada, Blanquette.
Atravesaba de un salto grandes torrentes que la salpicaban al pasar con polvo húmedo y espuma.
Después, chorreando entera, iba tumbarse sobre alguna roca lisa y se dejaba secar por el sol... Una vez, adelantándose hasta el borde de una meseta, con una flor de cítiso entre los dientes, percibió abajo, muy abajo en la llanura, la casa de Sr. Seguín con el cercado detrás. Esto la hizo llorar de risa.
- ¡Qué pequeño es! dijo; ¿cómo pude caber allí dentro?
¡Pobrecilla! Al verse tan alta, se creía por lo menos tan grande como el mundo...
En suma, fue un buen día para la cabra del Sr. Seguín. Hacia mediodía, corriendo de derecha y de izquierda, se topó con un rebaño de rebecos que masticaban una lambrusca a dentelladas. Nuestra pequeña corredora con vestido blanco causó sensación. Le cedieron el mejor sitio en torno a la lambrusca, y todos esos caballeros fueron muy galantes... Parece ser, -esto debe quedar entre nosotros, Gringoire,- que un rebeco joven con pelaje negro, tuvo la buena fortuna de gustarle a Blanquette. Los dos enamorados se extraviaron en el bosque una hora o dos, y si quieres saber lo que se dijeron, pregúntale a los manantiales cotillas que corren invisibles entre el musgo.
De repente el viento se enfrió. La montaña se tornó violeta; era la noche.
- ¡Ya! Dijo la pequeña cabra, y se paró muy asombrada.
Abajo, los campos estaban inundados de bruma. El cercado del Sr. Seguín desaparecía entre la niebla, y de la casita ya no se veía más que el tejado con un poco de humo. Escuchó los cascabeles de un rebaño que volvía, y se sintió toda triste en el alma... Un gavilán, que volvía, la rozó con sus alas al pasar. Se estremeció...
Luego hubo un aullido en la montaña:
- ¡Hou! ¡Hou!       
Pensó en el lobo; en todo el día la loca no había pensado en él. Al mismo tiempo, una trompa sonó muy lejos en el valle. Era el bueno del Sr. Seguin quien intentaba un último esfuerzo.
- ¡Hou! Hou!... hacía el lobo.
- ¡Vuelve! ¡Vuelve!... gritaba la trompa.
Blanquette tuvo ganas de volver; pero recordando la estaca, la cuerda, el seto del cercado, pensó que ahora ya no podría hacerse a esa vida, y que más valía quedarse.
La trompa ya no sonaba... 
La cabra oyó detrás de ella un ruido de hojas.
Se volvió y vió en la sombra dos orejas cortas, totalmente rectas, con dos ojos que relucían...
Era el lobo.
Enorme, inmóvil, sentado en su tren trasero, estaba ahí mirando a la pequeña cabra blanca saboreándola de antemano. Como sabía bien que se la comería, el lobo no se apresuraba; únicamente, cuando se dió la vuelta, se echó a reír con maldad.
- ¡Ha! ¡Ha! ¡La pequeña cabra de Sr. Seguín! y pasó su gruesa lengua roja sobre sus morros de yesca. 
A D. Pierre Gringoire, poeta lírico en París
¡Siempre serás el mismo, mi pobre Gringoire!
¡Pero cómo! Te ofrecen un puesto de cronista en un buen periódico de París, y tienes el aplomo de rechazarlo… Mírate, pobrecito! Mira tu jubón agujereado, tu calzado derrotado, tu cara flaca que grita ¡hambre! ¡Ahí es a dónde te ha llevado tu pasión por las rimas hermosas! Eso te han valido tus diez años de fieles servicios a las páginas del Sr Apollo… Pero es que no te da un poco de vergüenza?
¡Venga, hazte cronista, imbécil! ¡Hazte cronista! Ganarás tus buenos cuartos por la cara, tendrás tu propio cubierto en Brebant, y podrás hacerte ver en los días de estreno con una pluma nueva en tu chaqueta…
¿No? ¿No quieres?... Pretendes seguir libre, como decidas hasta el final… Pues, escucha un momento la historia de la cabra del sr. Seguín. Verás lo que se gana queriendo vivir libre.
El sr. Seguín nunca había tenido alegrías con sus cabras.
Las perdía todas del mismo modo: una buena mañana, rompían su cuerda, se iban a la montaña, y allá arriba el lobo se las comía. Ni las caricias de su dueño, ni el miedo al lobo, nada las retenía. Eran, al parecer, cabras independientes, que buscaban a toda costa el aire abierto y la libertad.
El bueno del Sr. Seguín, que no entendía nada del carácter de sus animales, estaba consternado. Se decía:
- Se acabó; las cabras se aburren en mi casa, no guardaré ni una.
Sin embargo, no se desanimó, y, después de haber perdido seis cabras de la misma manera, compró una séptima; aunque esta vez, tomó la precaución de cogerla jovencita, para que acostumbrarla a quedarse en su casa.
¡Ay!, Gringoire, ¡qué hermosa era la pqequeña cabra del Sr. Seguín! ¡Qué hermosa era con sus ojos dulces, su perilla de suboficial, sus pezuñas negras y brillantes, sus cuernos cebrados y sus largos pelos blancos que le hacían una hopalanda! Era casi tan encantadora como la cabrita de Esmeralda, ¿recuerdas, Gringoire? - Y, dócil, cariñosa, dejándose ordeñar sin moverse, sin poner su pie en la escudilla. Un amor de cabrita...
El Sr. Seguín tenía detrás de su casa un cercado rodeado de espinos blancos. Ahí es dónde puso a la nueva inquilina.
La ató a una estaca, en el lugar más bello del prado, cuidando de dejarle mucha cuerda, y de vez en cuando, venía para ver si estaba bien. La cabra se encontraba muy feliz y pacía la hierba de de tan buen grado que el Sr. Seguín estaba encantado.
- Por fin, pensaba el pobre hombre, he aquí una que no se aburrirá en mi casa!
El Sr. Seguín se equivocaba, su cabra se aburrió.
Un día, se dijo mirando la montaña:
- ¡Qué bien se debe estar arriba! Qué placer de brincar en el brezo, sin esta maldita cuerda qué le desgarraa una el cuello!... ¡ Está bien para el asno o para el buey lo de pacer en un cercado!... A las cabras, les hace falta espacio.
Desde ese momento, la hierba del cercado le pareció insípida. Le vino el aburrimiento. Adelgazó, su leche se hizo escasa. Daba lástima verla tirar cada día de su correa, la cabeza girada hacia el monte, con hocico abierto, haciendo ¡Meee! tristemente.
El Sr. Seguín se daba cuenta que a su cabra le pasaba algo, pero no sabía lo que era... Una mañana, terminando de ordeñarla, la cabra se volvió y le dijo en su jerga:
- Escuche, señor Seguín, languidezco en su casa, déjeme ir a la montaña.
- ¡Oh! ¡Dios mío!... ¡Tú también! gritó el Sr. Seguín estupefacto y de pronto dejó caer su escudilla; entonces, sentándose en la hierba al lado de su cabra:
- Cómo, Blanquette, quieres dejarme!
Y Blanquette respondió:
- Sí, señor Seguín.
- ¿Acaso te falta la hierba aquí?
- ¡Oh, no! señor Seguín.
- A lo mejor estás atada demasiado en corto. ¿Quieres que te alargue la cuerda?
- No es necesario, señor Seguín.
- ¿Entonces, qué te hace falta? ¿Qué es lo que quieres?
- Quiero ir a la montaña, señor Seguín.
- Pero, pobrecita, no sabes que está el lobo en la montaña... ¿Qué harás cuando venga?...
- Le daré cornadas, señor Seguín.
- Al lobo le traen sin cuidado tus cuernos. Me comió cabras con cuernos más grandes que los tuyos. Ya sabes, la pobre vieja Renaude que estaba aquí el año pasado? una señora cabra, fuerte y mala como un macho cabrío. Se peleó con el lobo toda la noche… y, por la mañana, el lobo se la comió.
- Vaya ¡Pobre Renaude!... No importa, señor Seguín, dejeme ir a la montaña.
- ¡Santo Dios! dijo el Sr. Seguín; ¿pero qué les hacen a mis cabras? Otra más que el lobo se me va a comer... Pues no… ¡Te salvaré a tu pesar, bribona! Y por miedo a rompas tu cuerda, voy a encerrarte en el establo y te quedarás allí siempre.
Con estas palabras, el Sr. Seguín llevó la cabra en un establo totalmente negro, y cerró la puerta con dos vueltas.
Desgraciadamente, había olvidado de cerrar la ventana y en cuanto se giró, la pequeña se fue... ¿Te ríes, Gringoire? Por Dios, eso creo; estás del lado de las cabras, tú, en contra del bueno del Sr Seguín… Ya veremos si te sigues riendo luego.
Cuando la cabra blanca llegó a la montaña, fue un encantamiento general. Jamás los viejos abetos habían visto cosa tan hermosa. Se la recibió com a una pequeña reina. Los castaños se bajaban hasta tierra para acariciarla con la punta de sus ramas. Las genistas se abrían a su paso y olían bien cuanto  podían. Toda la montaña la hizo un fiesta.
¡Imagínate, Gringoire, si nuestra cabra era feliz!
No más cuerda, no más estaca… nada que le impidiera brincar, pacer a su gusto...  Ahí sí que había hierba! ¡Hasta por encima de los cuernos, ¡y qué hierba! Sabrosa, fina, dentellada, hecha de mil plantas... Era algo bien distinto al césped del cercado. ¡Y las flores!... Grandes campánulas azules, digitales de púrpura con largos cálices, todo un bosque de flores salvajes que rebosaban de jugos embriagadores!
La cabra blanca, medio borracha, se revolcaba ahí dentro patas arriba y rodaba a lo largo de los taludes, mezclandose con las hojas caídas y las castañas... Luego, de repente se erguía de un brinco sobre sus patas. ¡Hop! otra vez en marcha, con la cabeza por delante, cruzando matorrales y zarzales, ora sobre un pico, ora en el fondo de un barranco, arriba, abajo, por todos lados… Parecía que había diez cabras de Sr. Seguín en la montaña.
Y es que no le temía a nada, Blanquette.
Atravesaba de un salto grandes torrentes que la salpicaban al pasar con polvo húmedo y espuma.
Después, chorreando entera, iba tumbarse sobre alguna roca lisa y se dejaba secar por el sol... Una vez, adelantándose hasta el borde de una meseta, con una flor de cítiso entre los dientes, percibió abajo, muy abajo en la llanura, la casa de Sr. Seguín con el cercado detrás. Esto la hizo llorar de risa.
- ¡Qué pequeño es! dijo; ¿cómo pude caber allí dentro?
¡Pobrecilla! Al verse tan alta, se creía por lo menos tan grande como el mundo...
En suma, fue un buen día para la cabra del Sr. Seguín. Hacia mediodía, corriendo de derecha y de izquierda, se topó con un rebaño de rebecos que masticaban una lambrusca a dentelladas. Nuestra pequeña corredora con vestido blanco causó sensación. Le cedieron el mejor sitio en torno a la lambrusca, y todos esos caballeros fueron muy galantes... Parece ser, -esto debe quedar entre nosotros, Gringoire,- que un rebeco joven con pelaje negro, tuvo la buena fortuna de gustarle a Blanquette. Los dos enamorados se extraviaron en el bosque una hora o dos, y si quieres saber lo que se dijeron, pregúntale a los manantiales cotillas que corren invisibles entre el musgo.
De repente el viento se enfrió. La montaña se tornó violeta; era la noche.
- ¡Ya! Dijo la pequeña cabra, y se paró muy asombrada.
Abajo, los campos estaban inundados de bruma. El cercado del Sr. Seguín desaparecía entre la niebla, y de la casita ya no se veía más que el tejado con un poco de humo. Escuchó los cascabeles de un rebaño que volvía, y se sintió toda triste en el alma... Un gavilán, que volvía, la rozó con sus alas al pasar. Se estremeció...
Luego hubo un aullido en la montaña:
- ¡Hou! ¡Hou!       
Pensó en el lobo; en todo el día la loca no había pensado en él. Al mismo tiempo, una trompa sonó muy lejos en el valle. Era el bueno del Sr. Seguin quien intentaba un último esfuerzo.
- ¡Hou! Hou!... hacía el lobo.
- ¡Vuelve! ¡Vuelve!... gritaba la trompa.
Blanquette tuvo ganas de volver; pero recordando la estaca, la cuerda, el seto del cercado, pensó que ahora ya no podría hacerse a esa vida, y que más valía quedarse.
La trompa ya no sonaba... 
La cabra oyó detrás de ella un ruido de hojas.
Se volvió y vió en la sombra dos orejas cortas, totalmente rectas, con dos ojos que relucían...
Era el lobo.
Enorme, inmóvil, sentado en su tren trasero, estaba ahí mirando a la pequeña cabra blanca saboreándola de antemano. Como sabía bien que se la comería, el lobo no se apresuraba; únicamente, cuando se dió la vuelta, se echó a reír con maldad.
- ¡Ha! ¡Ha! ¡La pequeña cabra de Sr. Seguín! y pasó su gruesa lengua roja sobre sus morros de yesca. 
Blanquette se sintió perdida... Por un momento, recordando la historia de la vieja Renaude, que se había peleado toda la noche para acabar comida por la mañana, se dijo que más valdría dejarse comer en seguida; luego, cambiando de opinión, se puso en guardia, la cabeza baja y el cuerno adelante, como la brava cabra del Sr. Seguín que era... No es que tuviera la esperanza de matar al lobo, las cabras no matan al lobo,- sino tan solo para ver si podía aguantar tanto tiempo como Renaude...
Luego el monstruo avanzó, y los cuernecito entraron en danza. 
¡Ah! ¡La valiente cabra, como iba de buena gana! Más de diez veces, no miento, forzó al lobo a retroceder para retomar aliento. Durante estas treguas de un minuto, la golosa recogía aprisa aún alguna brizna de su querida hierba; luego regresaba al combate, con la boca llena... Esto duró toda la noche. De vez en cuando la cabra del Sr. Seguín miraba las estrellas bailar en el cielo claro y se decía:
- ¡Oh! mientras resista hasta el alba...
Una tras otra, las estrellas se apagaron. Blanquette redobló sus cornadas, el lobo sus mordiscos...
Una luz pálida apareció en el horizonte... El canto del gallo ronco subió de una granja.
- ¡Por fin! dijo el pobre animal, que tan solo esperaba al día para morir; y se tumbó en el suelo en su bella piel blanca toda manchada de sangre...
Entonces el lobo se lanzó sobre la pequeña cabra y la comió.
Adiós, Gringoire.
La historia que has oído no es un cuento de mi invención. Si alguna vez vienes a Provenza, nuestros granjeros te hablarán a menudo de la cabro de moussu Séguin, que se battégue touto la neui emé lou loup, e piei lou matin lou loup la mangé .
Me oyes bien, Gringoire. “e piei lou matin lou loup la mangé”.

cuento daudet cabra

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